Gregorio Garcés Til

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El músico recopilador

Maestro Gregorio Garcés: Compositor, maestro de capilla, organista, director coral e infatigable recopilador de la música tradicional aragonesa. Siendo cura joven y emprendedor se aventura por los caminos y lugares del Alto Aragón para recoger canciones y melodías aún vivas en los pueblos. Su vocación sacerdotal, el amor a la música, a su pueblo y a Aragón, y el empeño de transcribir el entorno musical guiaron su existencia hasta su muerte.

Gregorio Garcés Til (“Mosén Gregorio”) nació en Alcalá de Gurrea (Huesca) en noviembre de 1910. Tras estudiar en Cervera y Vich con los padres Jover y Morán, regresó a Huesca para finalizar su carrera eclesiástica en el Seminario, donde estaría desde 1940 hasta 1962 ocupando durante ese tiempo los cargos de profesor, superior y administrador. En ningún momento abandonó su carrera musical, siempre paralela e inseparable de su carrera eclesiástica; opositó y alcanzó la plaza de maestro de capilla de la Catedral de Huesca, formando al tiempo el coro y más adelante el orfeón del seminario. En Huesca también fue capellán de carmelitas descalzas en los monasterios de San Miguel y la Asunción, y asesor musical de la Sección Femenina de Huesca.

Mas que compositor, Gregorio Garcés fue conocido como director de conjuntos vocales. También en Zaragoza configuró la Coral de Santa Engracia y dirigió el Orfeón Universitario Virgen del Camino. En 1962 obtuvo por oposición la plaza de organista de la Capilla de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, donde hasta el final de sus días llevó a cabo su impresionante labor al frente de ésa, ya institución, que es la Escolanía de Infanticos del Pilar.

Músico y sacerdote son en don Gregorio una misma cosa. Había recibido su formación musical de los padres Tomás Luis de Pujadas y Luis Yruarrizaga, y sería con el maestro Arciniega Mendi junto a quien perfeccionaría su técnica, pasando después a ser discípulo de los profesores Leguenant y Potylon. De París. Su formación y su dominio de la técnica le permitían componer obras de mayor empeño pero. Quizá una falta de ambición según unos, o su generosidad, según otros, hicieron que su producción fuera en su mayoría alegre y sencilla, y de contenido y destino religioso, obras menores como responsorios, gozos o villancicos. Sin embargo será una obra suya de mayor envergadura, la Misa Aragonesa (no baturra), la que refleje todo el amor a su tierra y permita que la más pura esencia tradicional de Aragón a través de la música se convierta en oración y le lleva a conseguir el primer lugar en el Concurso de Misas Aragonesas de 1980 convocado por el arzobispado de Zaragoza. Su seguridad y dominio permitían que participara en todos los aspectos de la interpretación musical: Tocaba, dirigía y cantaba a un mismo tiempo. Fue ese mismo dominio el que mostró frente al órgano; calificado por algunos de sus más allegados colaboradores como un genial improvisador, no en pocas ocasiones hizo sonar, desde correcta hasta maravillosamente, algunos instrumentos que encontraba en estado lamentable.

A lo largo de su vida, y además de sus facetas de compositor, director y organista, cultivó su vocación de investigador. Casi obsesionado con la idea de recopilar los cantos populares del Alto Aragón, comenzó a recorrer los pueblos de la provincia con el afán de reunir material para tejer un cancionero, obra que todavía no existía en Huesca, aunque si en Zaragoza y Teruel. Su misión recopiladora tuvo en muchas ocasiones carácter de urgencia, de salvación de piezas en el último momento. El folclore antiguo se pierde y tuvo que hacer verdaderos artificios para su recuperación. Esta labor que le llevó a visitar más de 160 pueblos, en los que no siempre obtenía los frutos deseados, finalizó hacia 1960. Ganadora esta obra de un premio en 1962, fue encargada su impresión, momento en el que se pierde el original y, tras diferentes avatares, se publico por fin en 1999 con el título de Cancionero Popular del Alto Aragón, siendo la única recopilación de estas características que existe en nuestra provincia. Supone una aportación de gran relieve para el conocimiento del tesoro de la música tradicional de nuestra región y constituye un hecho de sumo interés para la cultura en general.

Como escribió de él Juan-Antonio Gracia, mosén Gregorio también tenía una enorme categoría humana y espiritual: austero consigo mismo, generoso hasta el exceso con los demás, profundamente piadoso, trabajador infatigable, fue un sacerdote alegre y acogedor, simpático y lleno de humor, atento siempre a cualquiera que le pidiera sus servicios. Fue, en síntesis, un aragonés que honró a su tierra, un clérigo que prestigió a la Iglesia y un músico que maravilló con su arte.

Falleció en Zaragoza el 28 de octubre de 1988 y sólo el Ateneo de Zaragoza supo estimar su valía en una emocionada sesión necrológica poco después de su muerte.

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